El cine callado.

El cine mudo no es mudo, nunca fue mudo, sino silente. No es que no hable, es que no habla con palabras. Esto se lo he escuchado decir a personas que saben mucho (y bien) de cine.

No sólo estoy de acuerdo sino que me atrevo a añadir que, esa cualidad, se mantiene en el buen cine sonoro. En el que me gusta, al menos.

Este cine, buen-para mi, repito-cine sonoro, permanece callado cuando no tiene nada que decir. Te da espacio. De maniobra, de reflexión, de ensayo y error. Parece escuchar tus pensamientos y emociones. Responde en el momento exacto en el que necesitas saber algo nuevo. 

Y con las palabras justas.

No explica, desvela. No subraya, sugiere. No obliga, invita.

Me cae bien este cine.

Azul (Krzysztof Kieślowski, 1993) me gusta por muchas razones y por más sinrazones.

Aparte de su calidad, reconocida en varios festivales en los que ganó premios y esas cosas, es una película que tengo más presente que otras… seguramente sea por la edad, etapa o momento vital en que la vi. 

En definitiva, que es una de mis películas (y me consta que también lo es para muchas personas “de mi quinta”).

Peeeero, en mi opinión (que no es más que una opinión) hay una frase, una sola y puñetera frase que le sobra a la película. En cierto sentido, a veces, según tenga al día, me la estropea. Se trata de una pregunta que le hace una periodista a la protagonista, Julie.

Esa pregunta.

Una frase de diálogo que es innecesaria, porque un poco más tarde tendríamos esa misma revelación de manera más elegante e inteligente.

Me refiero al plano en el que Julie lee la partitura “oyendo” las notas en su cabeza. Nosotros, como espectadores, oímos la música con ella…. Y, al llegar a una parte en blanco del pentagrama… Bueno, tenéis que ver la película.

Estaba todo ahí, tío. No hacía falta nada más. Porque es redundante y (me) fastidia (¿una manía personal?).


En cambio, en No es país para viejos (hermanos Coen, 2007) ocurre todo lo contrario. El dato más importante de la película, el que cambia por completo la perspectiva de la historia, no nos lo dan explícitamente.

Es decir, que esa información tan importante, podría ser cierta o no. Nunca lo sabremos con certeza.

Anton Chigurh

Me estoy refiriendo a la asociación mental que se produce (o no) en la cabeza de los espectadores al digerir dos escenas de la película que repiten elementos: la misma localización (caravana de Lewellyn Moss), leche embotellada, un sofá, personajes que se sientan en él (el serial killer Anton y el Shérif) y sendos reflejos en el cristal de una televisión… 

Sheriff Ed Tom Bell

Tardé años en pillarlo.. Pero en el momento en que se te pasa por la cabeza eso que infieres, comienzas a ver pistas por todos lados que corroboran tu teoría. Incluso entiendes el largo final que tiene el filme. O no. O no.

También vais a tener que ver la película.

Los Coen nos dejan, porque así lo quieren, en la ambigüedad. En un terreno inexplorado, indefinido, no conquistado por lo racional que, pienso, es propio de este cine al que me refería antes.

Es en este terreno donde vive el tiburón que no vemos en Tiburón, el contraplano del plano de Sully al final de Monstruos SA, la imagen del bebé en La semilla del diablo… Son fotogramas que no existen o, más bien, que sólo existen en nuestra imaginación.

El cine callado confía en el espectador. Lo trata como un igual o como un mejor. Y no mastica por ti.

No es cine de usar y tirar. Pervive. Y puede verse más de una vez, porque cuando ves una de estas películas de nuevo, pasado el tiempo, la ves por primera vez de nuevo.

La película es distinta porque tú eres distinto. A veces, mejor.

Nota: las imágenes de este post tienen derechos de autor. No son de mi propiedad. Las he usado únicamente con motivos de divulgación, descargándolas de otras páginas web.

Autor: Pedro Gálvez Castillero

Escribo guiones, realizo videos y hago fotos.

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