«Estimado vecino de abajo.

Perdón por no saber su nombre. 

Le escribo esta carta porque se me olvidó mi peluche favorito en su lado de la azotea.

Fue el primer sábado del confinamiento. Era por la tarde y mis padres me dejaron subir a jugar un poco.

La puerta de su lado estaba abierta y, cuando comenzaron los aplausos, fui a mirar. Mi padre me tiene dicho que no pase nunca por esa puerta, pero fue un momentito nada más.

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